El arte perdido del desacuerdo
Cuando discrepar dejó de ser una herramienta para pensar y pasó a ser una prueba de lealtad
Durante mucho tiempo, discrepar fue una forma de pensar en voz alta.
Hoy, cada vez más, es una forma de posicionarse.
No porque falten argumentos, sino porque algo ha cambiado en lo que el desacuerdo hace dentro de una conversación.
Cuando discrepar dejó de ser reversible
Antes, discrepar abría una conversación. Hoy, suele cerrarla. No porque falten datos o razones, sino porque el desacuerdo ha dejado de ser un proceso y se ha convertido en un punto de llegada.
Formular una hipótesis, corregirla, matizarla, retirarla cuando era desmontada: esos pasos formaban parte natural del debate. Permitían avanzar, incluso cuando no había acuerdo. Hoy, en cambio, discrepar suele fijar una posición. Se enroca la idea, se clausura la alternativa y se elimina la posibilidad del error.
El problema no es discrepar.
Es que, una vez hecho, ya no hay marcha atrás.
Cuando el desacuerdo deja de ser reversible, deja de ser útil. Sin capas, sin matiz, sin posibilidad de corrección, no hay debate funcional: solo afirmaciones enfrentadas.
La etiqueta como mecanismo de cierre
La etiqueta no aparece al final del conflicto, sino al principio del cierre.
Lo que antes servía para aproximar posiciones ahora delimita el terreno de forma rígida. Una vez aplicada, la conversación queda confinada a lo que esa etiqueta permite. Es cómoda, porque reduce la complejidad. Pero es engañosa, porque mapea la realidad sin duplicarla.
La etiqueta no refuta un argumento. Lo sustituye. Fija el marco, excluye alternativas y concentra el debate en un único eje, ignorando todo lo que queda fuera de él.
El incentivo es evidente: una vez etiquetado el asunto, ya no es necesario explorarlo. El enfoque queda decidido de antemano.
La etiqueta no gana la discusión.
Hace que deje de existir.
El desacuerdo permitido (y el que no)
Que el desacuerdo se degrade no significa que desaparezca. Significa que se filtra.
Se puede discrepar desde dentro del grupo, casi siempre en la forma y rara vez en el fondo. Se puede discrepar desde la posición de ofendido, siempre que se mantenga el marco. Ese desacuerdo sirve para mostrar diversidad sin tocar el núcleo.
El resultado es un pluralismo escenificado: muchas voces, poco espacio real. Un teatro donde la discrepancia está permitida siempre que no amenace la idea central.
El lenguaje fuerza la conversación a quedarse en la superficie. Se discuten las formas, no las causas. Los bordes, no el centro. Se genera una ficción de debate que evita la fricción real.
Se discute mucho.
Se explora poco.
La habilidad cognitiva que se ha perdido
No se ha perdido la educación, ni la empatía, ni la capacidad de hablar. Se ha perdido otra cosa.
La posibilidad de explorar una idea contraria sin quedar fijado a ella. Mostrar escepticismo se confunde con negar. Probar un argumento se interpreta como adoptarlo. Pensar en hipótesis se lee como alinearse.
Palabras que en su día sirvieron para señalar malas prácticas intelectuales se utilizan hoy para bloquear cualquier intento de elevar el nivel del debate. El matiz, que afina la discusión, ha sido sustituido por el binarismo.
Cuando el desacuerdo clasifica, deja de pensar.
Adaptarse es racional (y aun así tiene un coste)
Callar no suele ser un acto de miedo, sino de aprendizaje.
Cuando observas que quienes intentan profundizar en ciertos debates pagan un precio desproporcionado, a veces público y a veces personal, interiorizas la lección: no todos los temas son abordables, no en cualquier contexto, no en voz alta.
La conversación se desplaza a lo privado, a círculos de confianza. Lo controvertido se guarda. No porque sea falso, sino porque no compensa.
Este ajuste es racional, pero tiene un coste acumulado. Empobrece la conversación pública y desplaza fuera de ella argumentos que, aun siendo incómodos, podrían ser relevantes.
No se abandona la conversación de golpe.
Se va dejando de entrar.
Todos usamos atajos (aunque sepamos que lo son)
El problema no es que otros lo hagan. Es que nosotros también.
Callamos ante argumentos de nuestro propio entorno que no compartimos. Evitamos discusiones que sabemos que no serán honestas. Adoptamos lenguajes que consideramos empobrecedores porque facilitan la supervivencia social.
No por convicción, sino por autopreservación.
No porque esté bien. Porque compensa.
Ese es el dilema silencioso: saber que el atajo existe, reconocer su coste, y aun así tomarlo.
Cuando discrepar se vuelve un lujo
Si el desacuerdo tiene precio, no todos pueden pagarlo.
Para la mayoría, discrepar implica un riesgo asimétrico. Quienes ya están fuera del circuito central, quienes son considerados irrelevantes, incancelables o excéntricos, pueden permitírselo. A veces no se les escucha en serio, pero gozan de una libertad que otros no tienen.
Como el bufón en la corte, pueden decir lo que nadie más se atreve. Paradójicamente, quienes menos peso tienen en la conversación son los únicos que pueden explorarla sin coste.
Para la mayoría, discrepar ha dejado de ser una opción neutra.
El permiso perdido
Quizá no hemos perdido la capacidad de discrepar.
Quizá hemos perdido el permiso para hacerlo en público como forma de buscar verdad.
Pensar en voz alta, explorar alternativas, ensayar hipótesis: todo eso sigue siendo posible, pero rara vez a la luz pública. No ha muerto por prohibición, sino por precio. Por autocensura aprendida.
Empobrecemos la conversación de dos maneras: por acción, cuando cerramos el debate, y por omisión, cuando decidimos no entrar en él.
Cuando pensar en voz alta se vuelve un lujo, el desacuerdo no desaparece.
Solo deja de cumplir su función.

