El mundo que ya no reconozco
Por qué ya no hablamos de problemas, sino de pertenencias
Cuando el mundo empieza a sonar extraño
El otro día, leyendo Twitter, me encontré con una imagen curiosa. Una cuenta le había pedido a la IA información sobre un tweet y, al no recibir la respuesta que esperaba, empezó a discutir con ella como si fuese un adversario político. Los datos no importaban: solo buscaba reafirmar sus sentimientos.
Ver a alguien peleándose con un algoritmo porque no confirmaba sus creencias me dejó una sensación extraña; como si la conversación pública hubiera perdido el suelo bajo sus pies. Porque no discutía con una IA, discutía con la amenaza de estar equivocada.
Y pensé: esto ya no es la excepción, es el nuevo clima.
Cuando la identidad sustituye al análisis
Lo que ha cambiado no es solo la política: es la forma en la que discutimos. Cada vez nos cuesta más aceptar hechos que no encajan con nuestra lectura emocional. Incluso cuando reflexionamos, retroceder o revisar creencias propias se ha vuelto casi impensable.
No es un problema de izquierdas o derechas. Es algo más profundo.
La identidad se ha vuelto tan central que cualquier matiz se interpreta como deslealtad. Criticar a los tuyos parece traición; cuestionar un argumento ajeno se vive como un ataque moral. La pertenencia empieza a pesar más que la verdad.
El mecanismo es claro. Cuando un grupo define quiénes somos, dudar deja de ser un acto intelectual y se convierte en una amenaza emocional. No evitamos la discusión por falta de argumentos, sino por miedo a quedar fuera. Lo que debería ser un intercambio de ideas se transforma en una defensa de identidades.
El día que dejé de hablar de vivienda
Lo vi con claridad en una conversación reciente que, en teoría, no debería haber sido conflictiva.
Estábamos comiendo juntos y salió el tema de la vivienda. Coincidíamos en que era un problema grave, pero llegábamos desde lugares muy distintos. Para mí era una cuestión compleja, con múltiples variables entrelazadas: mercado, regulación, turismo, incentivos.
Para él, la explicación era simple: prohibir Airbnb y limitar los precios. Lo expresaba casi en las mismas palabras que había escuchado a sus referentes políticos.
El momento de desconexión fue mínimo pero evidente. Intenté introducir un matiz, por ejemplo la diferencia entre corto y largo plazo o entre las necesidades de alquiler y compra, y la conversación se tensó. No era un desacuerdo técnico: era una fricción identitaria. Como si admitir complejidad fuese conceder terreno moral.
Ese día comprendí que no habíamos dejado de hablar de vivienda: habíamos dejado de hablar de la realidad.
Un patrón que se repite donde menos esperamos
Ese bloqueo no es un caso aislado. Se ha convertido en la pauta con la que abordamos casi cualquier asunto colectivo.
Basta observar un debate público sobre movilidad urbana. Lo que empieza siendo una discusión técnica sobre espacio disponible, seguridad vial o planificación de la ciudad termina convertido en una lucha moral entre bandos imaginarios. De pronto ya no hablamos de tráfico, sino de progreso frente a atraso o de ellos frente a nosotros. La física y el análisis desaparecen; queda la identidad.
El tema cambia, pero el mecanismo se repite. El marco emocional devora la complejidad del problema.
Identificar este patrón es el primer paso para comprender qué se ha roto y qué deberíamos recuperar.
Cómo recuperar un suelo común sin ingenuidad
Sigo pensando que es posible reconstruir un diálogo significativo, pero exige más que buena voluntad. Significa separar análisis e identidad. Aceptar que el matiz no debilita una postura, sino que la fortalece. Y asumir que dudar no es traición al grupo, sino un acto de honestidad intelectual.
El primer paso es acordar cómo describimos el problema antes de discutir soluciones. Sin un modelo compartido, cualquier intercambio se convierte en ruido. El segundo es suspender temporalmente la identidad y hablar como ciudadanos antes que como miembros de una tribu.
Solo así podremos volver a pensar juntos, aunque lleguemos a conclusiones distintas.
No para reafirmarnos, sino para comprender mejor el mundo que compartimos.
Porque pensar juntos sigue siendo mejor que debatir desde trincheras.

