La izquierda que olvidó la razón
De analizar la realidad a proteger el relato
Durante mucho tiempo di por sentado que la izquierda era el espacio natural del rigor intelectual.
Cuando un movimiento deja de examinar la realidad y empieza a proteger su relato, algo esencial se ha roto.
La paradoja incómoda
La izquierda que admiré por su rigor se ha vuelto experta en algo que nunca había necesitado: contarse cuentos a sí misma.
El movimiento 15M, que parecía llegar para renovar una izquierda ya fatigada, no logró ese objetivo. Atrapado por la dinámica política, perdió fuerza y terminó diluyéndose en ella.
Con el tiempo empezaron a aparecer señales pequeñas pero reveladoras. Informes educativos que mostraban un descenso sostenido en comprensión lectora. En lugar de ser considerados como oportunidades para corregir el rumbo, eran interpretados como ataques ideológicos. No era un caso aislado. Alemania conocía estudios que advertían de que cerrar las nucleares aumentaría las emisiones; aun así, el peso simbólico y moral del antinuclearismo fue mayor que esos datos.
Todo ello apuntaba a una misma tendencia: una creciente impermeabilidad a la evidencia.
Porque el verdadero conflicto no es entre izquierda y derecha, sino entre quienes siguen pensando y quienes han decidido dejar de hacerlo.
Cómo se perdió la brújula racional
La razón no fue desplazada de un día para otro. Fue desalojada progresivamente por una identidad que anteponía la emoción al análisis y convertía el relato en el núcleo de la conversación pública.
Los datos pasaron a ser verdades incómodas. La adhesión emocional sustituyó al razonamiento. La indignación se transformó en moneda social.
Bastaba entrar en ciertos debates para observar cómo la reacción inmediata, la necesidad de dejar claro quién era “el bueno”, pesaba más que el contenido real de lo que se decía. La información se ignoraba y, con ello, aumentaba el escepticismo hacia cualquier forma de análisis riguroso.
Muchos de esos debates dejaron de ser analíticos para convertirse en pruebas de pureza. Lo relevante ya no era el argumento, sino lo que ese argumento supuestamente revelaba sobre quien lo formulaba.
Así, la razón fue quedando desfigurada. Convertida en una carga para quienes aspiraban a tener visibilidad pública.
Cuando la emoción ocupa el asiento del conductor, la razón acaba relegada al maletero.
Cómo la izquierda se convenció a sí misma
El autoengaño no nace de la maldad, sino del deseo profundamente humano de seguir viéndose como los “buenos” del relato.
Bajo esa convicción, las consignas empezaron a repetirse más para reafirmar al grupo que para comprender la realidad. El aplauso interno actuaba como confirmación de verdad. La narrativa propia se reforzaba a sí misma, y cualquier discrepancia era percibida como una amenaza.
Poco a poco, el adversario dejó de ser simplemente alguien con ideas distintas para convertirse en un problema moral. Y las voces discordantes dentro del propio grupo pasaron a ser tratadas como deslealtades.
Cuando la duda se interpreta como traición, el pensamiento se detiene y deja paso a la fe tribal.
Cuando el relato sustituyó al análisis
Este alejamiento de la razón no es una abstracción. Se observa con claridad en debates concretos si se mira con atención.
En ámbitos científicos ocurrió con frecuencia que ciertos estudios eran descartados no por fallos metodológicos, sino porque sus conclusiones no encajaban con el marco emocional dominante. Si la evidencia generaba incomodidad, se buscaba un relato alternativo que la amortiguara.
En el plano económico se repitió el mismo patrón. Decisiones complejas se reducían a juicios morales rápidos. Lo importante no era evaluar su impacto real, sino que la medida sonara justa, incluso cuando los datos advertían de efectos no deseados.
Lo preocupante no es equivocarse, sino haber asumido que comprobar ya no era necesario.
Lo que se pierde cuando se renuncia a pensar
El abandono de la razón no sale gratis. La factura se paga en prestigio intelectual y en autoridad moral.
La legitimidad que otorgaba el análisis riguroso acompañado de empatía se fue erosionando. La simplificación se convirtió en dogma y la emoción pasó a ocupar el lugar de los hechos.
Pero la pérdida más grave fue más profunda: la renuncia silenciosa a una idea central de la tradición ilustrada. Que los principios valen para todos. Cuando las normas dependen de quién eres y no de lo que haces, la razón deja de ser árbitro y se convierte en herramienta.
Una izquierda que abandona el universalismo deja de ofrecer una alternativa coherente y abre un vacío. Que ese vacío sea ocupado por otros no garantiza que se haga mejor, solo que el suelo común se sigue erosionando.
Sin pensamiento crítico, la izquierda deja de ser alternativa y se convierte en eco.
Recuperar la razón sin perder la sensibilidad
El camino de regreso no pasa por la nostalgia, sino por reconciliar cabeza y corazón.
Razón y empatía no son fuerzas opuestas. Son corrientes que deben confluir si se aspira a comprender el mundo tal como es para poder transformarlo. La autocrítica no es una debilidad, sino una forma de madurez política y personal. Implica reconocer los propios sesgos, aceptar los puntos ciegos y resistirse a la comodidad del aplauso interno.
Recuperar la razón ilustrada no significa caer en la frialdad tecnocrática, sino volver a analizar los hechos con rigor sin renunciar a la preocupación por las personas. Significa asumir que el mundo es complejo, que las soluciones simples suelen fallar y que una moral sin contraste con la realidad acaba volviéndose estéril.
No hace falta elegir entre razón y empatía. El progreso real siempre ha necesitado ambas.
Volver al origen para construir lo siguiente
Toda regeneración comienza reconociendo dónde y cuándo se perdió el rumbo.
Quizá el desafío no sea defender más consignas, sino volver a amar las ideas lo suficiente como para someterlas a examen. Preguntarse qué datos estaríamos dispuestos a aceptar aunque nos incomoden. Qué argumentos nos harían cambiar de opinión. Y si estamos defendiendo principios o simplemente defendiendo a los nuestros.
Porque pensar mejor no es gritar más bajo ni más alto.
Es asumir el riesgo de enfrentarse a la realidad sin escudos emocionales.


Coincido con todo. El problema es que , si amas las ideas tanto como para someterlas a examen , quizás el resultado de ese examen no sea el que esperas y cunda el desamor. La izquierda sobrevive colgada de unos delgadísimos hilos que es mejor no cortar. Y se olvida de que el ser humano ha de estar en el centro de todo , no al servicio de esas ideas. Cuando defiende el cierre de las centrales nucleares enviando a la pobreza a comarcas enteras , mientras unos kilómetros más allá de los Pirineos ocurre al contrario , algo está fallando. Las ideas en sí mismas son construcciones humanas y no deberían ser utilizadas contra las personas.