La tristeza adulta que ya no puedo ignorar
Lumen · Razón, lucidez y política adulta en tiempos de ruido.
Esta es la historia de un cansancio que fue creciendo en silencio.
Y del día en que decidí que ya no podía seguir callando.
Un cansancio que se fue acumulando
No hubo un día concreto en el que dejara de reconocer a la izquierda, no solo la que creía mía sino también la que descubrí en mis primeros acercamientos a la política. Fue un desgaste lento, casi silencioso, que con el tiempo terminó revelándose como una caída estruendosa.
Son tantos los temas en los que se han alejado de los valores que decían defender que apenas la reconozco. Los sectores más radicales abrazaron una política de identidad emocional, mientras que los moderados, ya en el poder, prefirieron la comodidad del eslogan a la pedagogía que incomoda.
Cuando quise darme cuenta, algo se había roto: la izquierda racional e ilustrada había quedado postrada a los pies de un populismo iletrado.
El desánimo moral de estos años
No lo vivo como enfado, sino como una tristeza adulta: ver debates reducidos a ruido y gestos, sin un gramo de altura. El hemiciclo convertido en patio de recreo; las tertulias, en gallineros donde solo importa quién grita más alto.
Sin espacio para la reflexión.
Sin fricción intelectual.
Sin buena fe.
El objetivo ya no es entender, sino captar el próximo “like”, arañar un voto, sostener una ficción de autoridad aunque sea a costa de vender el vacío envuelto en ruido.
Una interminable sucesión de monólogos que jamás llegan a encontrarse.
Me entristece ver cómo hemos renunciado a pensar.
Lo que realmente me duele del mundo actual
Lo que más me duele no es que pensemos distinto, sino que hay temas en los que ya ni siquiera es posible pensar juntos. Cada asunto polémico fija dos polos irreconciliables y deja entre ellos un espacio muerto donde el diálogo se agota antes de empezar, donde las banderas que se agitan se convierten en armaduras y la posibilidad de encontrar puntos comunes se vuelve una utopía.
Un feminismo convertido en campo de batalla identitario, donde discrepar se confunde con traicionar la causa. Un debate migratorio donde cualquier crítica razonable te convierte en racista. Problemas que ni siquiera podemos definir porque pensar ya es sospechoso.
Lo peor no es que no estemos de acuerdo.
Lo peor es que ya no sabemos estar en desacuerdo.
Razón y empatía: el equilibrio perdido
He llegado a la convicción de que casi todos nuestros errores nacen del mismo desequilibrio: razón sin empatía o empatía sin razón. Quienes priorizan solo lo racional suelen olvidar su impacto en las personas, como si los problemas pudieran resolverse sin tener en cuenta a quienes los sufren. Razón sin empatía es crueldad; empatía sin razón es manipulación.
Y entre esas dos orillas, hemos olvidado construir puentes.
Quienes convierten la emoción en bandera no buscan soluciones, sino adhesiones: recurren al chantaje emocional para que sus ideas, frágiles ante el análisis, no queden expuestas.
Así, dos corrientes que deberían confluir se enfrentan como si fueran incompatibles.
Creo que podemos volver a pensar sin dejar de sentir.
Lo que echo en falta en nuestra política
Echo de menos un discurso adulto, valiente, capaz de sostener desacuerdos sin convertirlos en trincheras morales. Un espacio donde un político pueda discrepar sin increpar, reconocer el mérito en las ideas del otro aunque no las comparta, encontrar puntos comunes cuando existan y ofrecer contrapuntos elegantes cuando las diferencias sean insalvables.
Hoy, en cambio, predominan el cinismo, el insulto y la algarabía: voces que gritan desde la distancia, pero que jamás dan un paso para encontrarse.
Echo de menos adultos en la conversación pública.
Las cosas de las que ya no se puede hablar
Hay temas que hoy funcionan como dogmas: zonas de exclusión aérea para el pensamiento crítico.
En Gaza, la complejidad histórica y geopolítica se aplana bajo consignas simplistas que impiden cualquier atisbo de seriedad. En la crisis del Covid, el necesario debate sobre libertades civiles se interpretó como una amenaza al consenso científico. En el cambio climático, discutir la eficacia o el coste de las medidas te convierte automáticamente en negacionista.
El feminismo, una causa imprescindible, ha sido secuestrado por quienes prefieren señalar enemigos que construir alianzas.
Y en el terreno económico, hemos llegado al punto en que toda empresa se presume sospechosa y todo empresario, culpable, como si la creación de valor fuese un acto moralmente dudoso.
Vivienda, pensiones, inmigración: una lista interminable de asuntos donde plantear dudas sobre su gestión se equipara tramposamente con negar el problema.
El tabú no protege la verdad, solo protege la decadencia.
Por qué escribo Lumen (y mi promesa al lector)
Escribo Lumen porque siento que callar ya no es una opción, y porque quiero hacerlo con honestidad, sin gritar, sin caer en el cinismo y sin convertirme en aquello que critico. Busco mi voz mientras pienso en voz alta, intentando, desde mi pequeño rincón, elevar el discurso.
He llegado a un punto donde siento que guardar silencio me haría cómplice del declive, cuando aún existe margen para encontrar puntos comunes, buscar soluciones conjuntas y dejar un mundo más razonable a quienes recorrerán este camino después de nosotros.
Puedo equivocarme y no prometo tener razón.
Pero prometo intentar pensar con ella.


Fran, no estoy segura si lo sabes, pero ya aparece este artículo tuyo en el Diario de Substack (ha tardado mucho, pero es que estuvo descansando todo el período navideño): https://columnas.substack.com/p/como-exprimir-substack-y-la-ia-tambien